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Dorancel “El Comegente” cumplió años y pidió una torta de carne con velitas

Hacía empanadas con carne humana

Por: Cristian Antonio Cooz.-Dorancel “El Comegente” cumplió años y pidió una torta de carne con velitas y todo, aparte, alguna pieza humana para comerse”, porque “tenía mucho tiempo sin probar carne humana”. Fue el martes 14 de mayo que el terrorífico caníbal cumplió 62 años.

¿Quién no recuerda a José Dorancel Vargas Gómez, alias “El comegente”. Aunque parezca mentira, dicen quienes lo ven deambular por las calles del estado Táchira, Venezuela,  que solicitó de regalo “una torta de carne y alguna pieza humana para comerse”, porque “tenía mucho tiempo sin probar carne”.

La escalofriante historia de Dorancel “El Comegente” tan bizarra y muy surrealista, que eclipsa a los más famosos y psicopáticos asesinos en serie de la historia de la humanidad como Jack El Destripador, el emperador Calígula, el carnicero de Milwakee y otros seres de esta estirpe asesina como el Hannibal Lecter del séptimo arte.

Dorancel nació en Caño Zancudo, estado Mérida (occidente de Venezuela) el 14 de mayo de 1957 en el seno de una humilde familia de agricultores. Debido a la pobreza de su núcleo familiar, solo pudo estudiar hasta el tercer grado. Fue sacado de la escuela y lo pusieron a trabajar para que se ganara la vida.

Para muchos era evidente que Dorancel “no era muy normal”. Estrenó su adolescencia robando gallinas y comiéndose las tripas crudas. Sus amiguitos huían de él asqueado al verlo con una pata de gallina cruda en la boca, disfrutándola como si de un chocolate se tratara.

Con el paso de mozo a hombre, fue creciendo también en sus delitos y aberraciones. Empezó a robar ganado. Algunos de sus compinches cuatreros también le tenían asco porque el sujeto disfrutaba comiendo carne cruda y sintiendo los hilos de sangre bovina saliendo por las comisuras de sus labios.

Entre las leyendas que se tejen sobre él, se dice que una vez que robaron algunas vacas, mató una, le sacó el corazón aún caliente y se lo comió entero.

La primera víctima humana del caníbal

En el año 1999, los titulares de los periódicos anunciaban la captura de Dorancel, a quien señalaban de haber asesinado y comido el cadáver del ciudadano Cruz Baltazar Moreno.

Este escalofriante hecho causó conmoción en el estado Táchira, donde desde hacía mucho que Dorancel se había ido a vagar como un indigente. Otro hombre en situación de calle que respondía al nombre de Antonio López Guerrero fue quien denunció el atroz suceso ante la antigua Policía Técnica Judicial (PTJ).

Al principio, los ¨petejotas¨ pensaron que López Guerrero les estaba mamando gallo o que sencillamente estaba loco. Aun así, debieron ir al sitio que este les señalaba para corroborar o desestimar la aterradora historia, y lo que consiguieron… les heló la sangre.

En tobos y ollas llenas de agua mezclada con sangre humana, encontraron pies y manos amputadas, aparte, del hígado y tripas de la víctima. Dorancel fue detenido y recluido en una celda de la PTJ. Al determinarse que los miembros cercenados eran efectivamente de Cruz Baltazar Moreno, se le realizaron los exámenes psiquiátricos a Dorancel y se determinó que padecía de esquizofrenia paranoide. Fue internado en el Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica del bucólico pueblito de Peribeca, a 45 minutos de San Cristóbal, estado Táchira.

La voraz venganza del antropófago

Dos años estaría Dorancel en ese manicomio y cada día con sus noches, no dejaba de pensar en vengarse de Antonio López Guerrero, por haberlo denunciado. En 1997, lo dejaron libre luego de una somera evaluación psiquiátrica que determinó que estaba “fino” y que podía irse a la calle porque ahora y que era vegetariano.

Dorancel “El Comegente”, con su psicópata capacidad para la venganza, fue derechito hasta donde pernoctaba el indigente Antonio López Guerrero y lo asesinó a sangre fría. Le partió el cráneo con un tubo, para luego, almorzárselo como lo había hecho con su amigo Cruz Baltazar Moreno.

Tras consumar o “consumir” su venganza, Dorancel “El Comegente” decidió irse del pueblo para buscar fortuna en San Cristóbal. Invitó a un hombre llamado Manuel, a quien había conocido en las celdas de la PTJ. Manuel, sin saber las intenciones de Dorancel, se fue con él.

Ambos indigentes se instalaron a orillas del río Torbes donde conocieron a otros en esa condición. Para ese entonces, ya Dorancel tenía las facciones abominables, la barba y la maleza de cabello con la cual se le conocería para siempre. De día se metía en un pestilente rancho de zinc, madera y cartón. De noche, se iba a dormir en un oscuro túnel bajo el puente Libertador.

Este sitio, semejante a una boca de lobo, se convertiría en su grotesca guarida, la cual usaría para descuartizar y comerse los cadáveres de sus víctimas.

Empanadas y parrilla de carne humana

Una mañana, Dorancel llegó con una grasienta bolsa de papel y le ofreció a los demás vagabundos las empanadas que había hecho. Ellos, degustaron el manjar con voracidad y hasta le dijeron que tenía muy buena mano para la cocina. Ninguno sabía que aquella carne era carne humana, carne sacada del cadáver de Manuel, a quien Dorancel había asesinado mientras dormía, de una sola puñalada en el cuello, como si de una res se tratara.

Desde entonces, tomó la maña de deambular por el mercado municipal (cerca del río en las inmediaciones del parque 12 de febrero) con un tubo de metal con una punta afilada.

Los vendedores se habían acostumbrado a verle recoger frutas y verduras del suelo, que decía era para hacer sus guisos. A veces se perdía por días enteros y luego volvía con sus amigos indigentes, a quienes les ofrecía banquetes pantagruélicos de guisos de carne o empanadas.

Un día, desapareció un obrero de la construcción de nombre Francisco López. También lo había “cazado” Dorancel con su arma puntiaguda y se preparó una monumental parrilla a orillas del río Torbes, la cual fue degustada por todos los indigentes de la zona.

Los días siguientes, estos vagabundos comían arepas, empanadas, hígados encebollados, sobrebarriga, sopas y otras comidas. Jamás habían comido tan opíparamente aquellos pobres miserables y por eso, nunca le preguntaban a Dorancel de dónde sacaba la carne, pues que supieran, por ahí no había vacas y él no tenía dinero para comprar en una carnicería.

Ni niños ni mujeres en su menú

Entre 1998 y 1999, habían desaparecido como por arte de magia, no menos de 40 personas en la zona. La PTJ conjeturaba que podría tratarse de un asesino en serie, pero hasta ese momento, nunca había habido uno de esos seres malignos en Venezuela. La macabra lista culinaria de Dorancel incluía solo hombres sanos, nada de gordos, ningún viejito, ni mujeres ni niños.

Este antropófago tenía sus retorcidas exigencias culinarias y se daba grandes banquetes con “las presas” que “cazaba” en la urbe de cemento y asfalto.

“Si es tan buen amigo, debe estar bien sabroso”

Esto siguió sucediendo hasta que finalmente, por casualidades del destino, el 12 de febrero de 1999, jóvenes que andaban de excursión por el parque 12 de febrero, se toparon con algo realmente espeluznante: entre la maleza, sobresalían varios pies y manos humanas ensangrentadas que parecían estar clamando por justicia.

Aterrorizados por aquel espantoso hallazgo, los muchachos informaron a la PTJ, a la Policía Montada y a Protección Civil Táchira. Comisiones de estos organismos llegaron al sitio y cerca de ahí, encontraron el destartalado rancho de Dorancel y el túnel del puente Libertador.

En ambos sitios había vísceras humanas guardadas en frascos de mayonesa, en ollas y en otros sucios recipientes. El antropófago también tenía en su “despensa”, tres cabezas humanas, así como pies y manos.

En esos instantes, la bestia caníbal volvía a su guarida y fue detenido de inmediato. En la comisaría, relató ante los atónitos funcionarios, cómo se dedicaba a “cazar humanos” en las inmediaciones del río para comérselos y darle de comer a los demás indigentes de la zona. “No me arrepiento de lo que he hecho, porque me gusta la carne. Hice lo que dice la iglesia, compartir mi pan. A mi amigo Manuel me lo comí porque pensé que si era tan buen amigo, debía de estar muy sabroso; así que lo maté e hice unas empanadas y le di a los demás compañeros”, dijo tranquilamente “El comegente”.

Sin inmutarse, el antropófago seguía en su declaración diciendo: “…lo único que no me daba apetito eran las cabezas por eso las desechaba. Los hombres saben mejor que las mujeres, saben recio como cochino salado, como jamón, da gusto comer un buen macho, las mujeres saben dulce como quien come flores y te dejan él estomago flojo como si no hubieses comido. Nunca maté hombres gordos, tienen mucha grasa y eso tiene mucho colesterol (…) con la lengua se puede hacer un guisado muy bueno y los ojos son buenos para hacer sopa”.

Más de un policía que escuchaba con la boca abierta aquellas declaraciones tan infernales de “El comegente” , hubo que hacerse el loco e ir a vomitar al baño.

Dorancel fue juzgado y se ordenó su reclusión, pero los presos de la cárcel de Táchira ni en el Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica de Peribeca, lo querían. Tenían terror de que si alguien se quedaba dormido, se lo comiera. Al final lo dejaron detenido en la cárcel de Politáchira, donde permaneció por muchos años, sufriendo su infierno, pero no de arrepentimiento, si no por no comer carne humana.

En posteriores entrevistas de periodistas nacionales y extranjeros, ha dicho con frialdad que le gusta comer gente porque son sabrosos y además, es de muy buen apetito.

Recuerda que casi todas las noches, “demonios enviados por el diablo lo visitan para hacerlo sufrir, así como las almas de sus víctimas”, pero que a él no le interesan las almas, solo la carne humana fresca y crujiente.

Dorancel Vargas Gómez, alias “El comegente”, pasó a los anales de la historia criminal venezolana como el primer asesino serial del país y el más temido por todos; y aún sigue por ahí, latente su apetito por la carne humana.

Lo último que se supo de este maligno ser en este 2019, fue que aparte de llegar a sus 62 cumpleaños, es que anda suelto. Dorancel “El Comegente” cumplió años y pidió una torta de carne

Otras versiones aseguran que Dorancel “El Comegente” cumplió años y pidió una torta de carne, pero que también decidió lanzarse a la política, donde espera ¨comerse¨ a más de un oponente. Son tantas y tan inverosímiles los rumores, que su maldad se está convirtiendo en un supuesto cuento inventado, pero la terrorífica verdad es que, en el caos que vive Venezuela, ninguna institución sabe del paradero del Comegente, por lo cual, se cree, que anda oculto entre las sombras de la anarquía generalizada, en los laberintos de la hambruna venezolana, agazapado en alguna cloaca, en alguna ciénaga putrefacta, para saltar sobre sus nuevas víctimas y comérselos hasta el hueso.

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