Douglas González: despecho en cuarentena

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A esta hora 6:30 de la mañana, el sol se asoma y toca la punta de los edificios más altos. Abajo la ciudad despierta a medias, sin saber a ciencia cierta qué día es. La cuarentena ha ido borrando los nombres de los días; olvidamos si es lunes, martes o miércoles; ahora se mide el tiempo en relación a mañana, tarde o noche. Todos días son iguales, porque parece que vivimos una eterna sucesión de domingos, dentro de poco cuando queramos saber qué día es, preguntaremos qué domingo es hoy, si el primero, segundo, o el décimo del mes.

El sueño, ese agente del descanso ha sido una de las primeras víctimas de la cuarentena, muchos ya comienzan a acusar menos horas del sueño. Mientras otros nos empeñamos en conquistar el anhelado territorio del sueño, algunos se empeñan en arrebatárnoslos.

Cada día las calles están más solitarias, sin vehículos por la escasez de gasolina, los transeúntes se sienten vulnerables caminando en medio de esa larga soledad de asfalto. Es el día equis de una cuarentena cuyos efectos psíquicos ya tejen su tela de araña. Psicoanalistas señalan los primeros efectos del encierro: padecimiento de desorientación temporal, estados de desconcierto, dificultad para la concentración, en las primeras semanas. Luego pueden desencadenarse signos hipocondriacos y claustrofóbicos, y la propensión a sufrir ataques de angustia.

Despecho en cuarentena


Si alguna brecha insospechada abrió la cuarentena, a los amantes desprevenidos, fue la del despecho, única terapia para el mal de amores. Nos pasó hace dos noches, enfrentamos un trasnocho con el que atravesamos espabilados las horas del insomnio desde las 12:30pm hasta las 5:00am, con los ojos pegados a la nada oscura, tras la invitación que hizo una dama a todo el vecindario a que escucháramos su desgraciada y solitaria serenata de despecho.

Cada uno de nosotros vivió –muy a contra de su voluntad y del desvelo-, esa fiesta del desamor como si hubiera sido en la propia sala de su casa. Unas cornetas altisonantes al máximo volumen esparcieron por 6 cuadras y 8 calles a la redonda –ayudadas por el silencio de la noche-, el carrusel de canciones que ella eligió para expresar su dolor por su amor desatinado, que es lo que suele estar detrás del sentimientos que promueve estas demostraciones de desespero amoroso, de cantarle al mundo su profundo penar.

Desde la lacrimosa Ana Gabriel, a quien acompañó en medio de gritos desaforados, al melancólico José Luis Perales, seguido con breves estallidos de música llanera y merengues que seguramente le recordaban mejores momentos vividos. El final de esta pesadilla insomne, la protagonista de este drama del despecho, lo escribió con las melodías borrascosas de unos vallenatos antes de caer vencida por el sueño. El amor es un territorio gobernado por las emociones y no por la razón, sus actos sólo pueden ser comprendidos mediante las misteriosas ecuaciones de un corazón enamorado, para que pueda encontrarle alguna lógica, incluso la de desvelar a tus vecinos.