El amor más allá de la muerte

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Por: Douglas Gonzalez
Publicado en: Diariolacalle.com

De pronto notó que la pequeña pirámide de bronce estaba en el suelo, como si alguien la hubiera tomado de la repisa y la hubiera colocado allí por el antojo de cambiarla de lugar.

De entrada le pareció extraño. No había tenido visitas en la última semana, y ella limpiaba esa habitación cada cinco días. La ventana estaba intacta, cerrada. No tenía gatos, ni ningún otro animal merodeaba por la casa. Tampoco había temblado en Caracas. Pensó en lo inexplicable, aunque no descartó que pudiera tratarse de un descuido de la memoria.

Mireya recogió el pequeño objeto y lo colocó nuevamente en la repisa. Observó detenidamente la habitación que en los últimos meses, desde la muerte de Eduardo, su esposo, había cuidado con el amor de la extrañeza y esmerada solemnidad, a veces con la extraña incertidumbre de sentirse abrazada por algo que la circundaba más allá de sus sentidos. Sacudió su cabeza ante esas ideas, intentado ordenar el universo de sus recuerdos, antes de salir pensó en prenderle una vela al Jesús misericordioso, respiró hondo antes de cerrar la puerta de ese cuarto que era el refugio de lecturas con quien había estado casada durante cincuenta y tres años.

Eduardo había sido gerente corporativo, pero siempre cultivo su interior con la buena lectura, junto a su carácter fraterno y bondadoso lo hicieron poseedor de una significativa sabiduría para los asuntos de la vida y una equilibrada comprensión de lo cotidiano.

Las siguientes semanas Mireya verificó que la pequeña pirámide de 3,5 centímetros de alto estuviera justo encima de la repisa a dos palmos de la orilla, asegurándose que sólo se caería de allí si hubiera un terremoto.

Hacia finales de mes, la pirámide volvió a aparecer colocada en el piso del cuarto, revisó y todo estaba en orden, le tomó una foto tal como lo encontró y la guardó como testimonio del asombro. Pensó que ese día cualquiera, donde la naturaleza siguio su comportamiento canónico, había recibido la señal que le anunciaba un milagro.

La pirámide no se volvió a mover. A los meses Mireya se encontraba en Arizona, visitando el Gran Cañón. Era una mañana cristalina, nacida bajo el signo de Leo, con un sol lacerante que parecía flotar casi al ras del suelo sobre aquella tierra roja.
Entró a una tienda de piedras y cuarzos, eligió unas cuantas, y se colocó en la cola para pagar, cuando sintió que alguien le tocó el hombro, volteó se encontró con el rostro de una mujer de apariencia apacible que le dijo en inglés, “Disculpe, tengo un mensaje de su esposo para Usted”.

Al escuchar esas palabras, todas las nostalgias se agolparon en un mismo instante en sus ojos, Mireya no paró de llorar mientras la mujer continuó diciendo, “le manda a decir que es él quien mueve la pirámide para que usted sonría”, y en ese momento comprendió una vez más que el amor es un ángel al que le salen alas, que la ausencia es una brevedad de este mundo, y que en esa otra vida sigue siendo verdad el amor.