El Socialismo del siglo XXI, un arma de destrucción masiva

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Por Cristian Cooz.

Extracto del libro “Gaviota, la inmigrante”

El socialismo el siglo XXI es un arma de destrucción masiva. No solo ha destruido un país hasta sus cimientos, además ha puesto a sus ciudadanos unos contra otros, por motivos políticos y de supervivencia. El nefasto socialismo del siglo XXI es el padre borracho de los  ”bachaqueros”. Ha saqueado el país y puesto a pasar hambre al pueblo entero. Ha robado coltán, oro, petróleo, uranio y otros recursos del país. Ha robado dólares, sin aceptar cheques ni bolívares. Ha destruido el turismo, hundido los ferris, minado las carreteras con huecos enormes e impulsado la criminalidad hasta cotas nunca antes vistas, entre otro de sus desmanes.

 

Con la llegada de Chávez al poder en febrero de 1999, el maligno espíritu de Hitler, invadió Venezuela, descendió del cielo en paracaídas, como si fuera  a invadir Holanda y Bélgica en mayo de 1940.

 

Al maligno socialismo el siglo XXI, heredero del nacional socialismo alemán y del comunismo de Stalin, no le ha bastado todo el drama humano que ha causado, también quería sangre inocente como sacrificio, quiere campos de concentración y gulags.

 

Puso pueblo venezolano contra otros pueblos del mundo.
El espíritu de Hitler, que es la esencia misma de ese menjumbre ideológico donde se mezcla el comunismo y el fascismo para crear el arma mortal, hizo víctimas a los venezolanos, acosándolos mientras huyen de la miseria y del hambre atroz.
Les convirtió en perseguidos, en desterrados, en parias.
Fue en Ecuador, la fatídica noche y madrugada del 20 al 21 de enero de 2018 cuando ocurrió la tragedia que dejó esto más patente que nunca desde que comenzara el desmadre con la llegada del resentido e inefable Hugo Chávez.

 

Esa terrible noche en Ecuador, ese espíritu maligno hitleriano, aplicó sus amadas técnicas racistas para sembrar pánico, confusión,  muerte y persecución.

 

Noche de los cuchillos largos y los cristales rotos

 

En la funesta oscuridad ecuatoriana, un malvado hombre señalado como venezolano (aunque no lo era), tomó como rehén a su mujer ecuatoriana, quien estaba encinta. El pueblo de Ibarra, presenció aterrorizado en persona y en los videos de los celulares, cuando la policía, indecisa y pusilánime, apuntaba e instaba al sujeto a no cometer semejante monstruosidad.

Desgraciadamente, sin piedad, este ser maligno apuñaló una y otra vez a su víctima, a la cual tenía cogida por el cuello. No valió que los agentes y los aterrorizados testigos presenciales gritaran a todo pulmón y se le fueran encima…la enorme hoja del cuchiĺlo le arrebató la vida a quien fuera su pareja.

Esta fue la chispa, el detonante de la locura. El espíritu del socialismo del siglo XXI había ganado otra batalla. Esa noche, convirtió a los venezolanos en presa y a los ecuatorianos en nazis inmisericordes.

Poseídos por la maldad plena de los camisas pardas de Hitler,
recorrieron las calles aullando por venganza, por sangre venezolana.

Lo que quiso evitarse que se repitiera en la historia humana, pasó de nuevo. La noche de los cuchillos largos, de los cristales rotos. En menor medida, pero con la misma carga de odio irracional que en la primera mitad del siglo XX en Alemania.
Los venezolanos, que no tenían que cargar con la culpa del maligno asesino, fueron cazados en la oscuridad.

 

Algunos ecuatorianos sucumbiendo al odio, recorrieron las calles con sus teléfonos celulares  usados como antorchas. Tumbaron puertas, quebraron ventanas y sacaron a arrastras a los venezolanos de donde estuvieran refugiados. Hostales y casas de alquiler fueron allanados por estas jaurías, a quienes poco les importó apalear o arrastrar por los cabellos a parejas de extranjeros, aun delante del llanto desgarrado de los hijos de estos últimos. Era mucho odio, el odio nazi, el odio heredado por el socialismo del siglo XXI.

 

Era la xenofobia desbocada. En la orgía de odio olvidaban que la maldad no tiene nacionalidad.  Que no todos los ecuatorianos son malos y que no todos los venezolanos son malos.

Allá en Caracas, los cabecillas del socialismo del siglo XXl se hicieron los dolidos por el trato generalizado indigno a los venezolanos, pero en verdad, se relamían los bigotes de puro placer. Se reían. Las redes sociales fueron inundadas con mensajes amenazantes que anunciaban sangrientas hecatombes de venezolanos en Ecuador para sembrar terror en sus corazones y que regresaran al guetto.

El socialismo del siglo XXl les odiaba por atreverse a emigrar, a negarse a pasar hambre y demás penurias; por querer soñar con un mejor futuro para ellos y sus hijos, por no postrarse. El régimen había negado la inmigración masiva, la había ridiculizado, pues le dejaba en evidencia ante el mundo y por revancha, se burlaba del llanto desgarrado de las familias separadas.

 

Ahora, con la xenofobia en su máximo apogeo, regresarían al campo de exterminio donde les esperaba el castigo por no amar al “comandante supremo galáctico que se murió”  y renegar de su desgraciado legado de miseria.
El espíritu de Hitler, del socialismo del siglo XXl, quería de vuelta a sus judíos para martirizarlos y llevarlos al suplicio, para sacrificarlos ante la efigie de Chávez.

La titánica lucha del bien contra el mal; de  la luz contra las tinieblas.
Venezuela, un gran campo de batalla físico y espiritual.

Profecía cumplida de 1983

 

Parece increíble, pero el reverendo evangélico Orlando Anzola, cofundador del Movimiento Misionero Mundial, profetizó esto en el lejano año 1983. Estando en un culto de oración en Terrassa, Barcelona, España, tuvo una poderosa y triste visión que Dios le concedía: ¡hay Venezuela, si supieras las desgracias que vienen para ti! Eres cabeza de naciones, ahora te convertirás en cola. Se burlarán de ti, perderás el prestigio entre las naciones ¡pobrecita, pobrecita Venezuela!

Esta profecía fue publicada en el diario El Nacional el 9 de septiembre de 1995, cuerpo B, página 9 y aparece en el libro ”Memorias de una Nación en Guerra”, del reverendo José Ángel Hernández. Y aunque luego vino el fatídico viernes negro con la devaluación de la moneda con respecto al dólar, nadie creyó que las cosas se fueran a poner peores.

La crisis venezolana de esa época, crearía entonces a su monstruo de Frankenstein, al falso líder Hugo Chávez, así como la crisis de Alemania tras perder la Primera Guerra Mundial, creó a Hitler.

Creía ser más poderoso que Dios

No hicieron faltas bombas atómicas, ni siquiera triquitraquis recargados, para destruir el país donde se era feliz sin saberlo. Bastó el resentimiento, el odio, la incompetencia y la arrogancia del comunismo para provocar tan terrible naufragio.

El “líder supremo intergaláctico eterno” (emulando al Führer germano) hizo gala de toda su necedad para creerse dueño del destino, del tiempo y más poderosos que Dios, provocando así la ira del Altísimo, siendo consumido desde sus entrañas por su sacrílego desafío, por palabras salidas de su boca. Antes había profanado el nombre del Libertador Simón Bolívar, apoderándose de su memoria para exponerla al ridículo mundialmente (él transformó la palabra bolivariano, en sinónimo de mediocridad), profanó su tumba para apoderarse de sus huesos con fines inconfesables.

Con orgullo enfermizo, sintiéndose supremo, como un dios romano, se paseaba por las calles de Caracas y el resto del país, señalando con su dedo “divino”: ¿de quién es ese edificio? ¡exprópiese! ¿de quién es esa tienda? ¡exprópiese! ¿de quién es esa hacienda o ese sembradío? ¿de quién son esos centrales azucareros? ¿de quién son esas empresas? ¡exprópiese!

Los dueños, fuera quien fuera, eran desalojados, burlados, sabiendo que nunca les pagarían. Lo confiscado jamás volvería a ser productivo. Ese fue uno de los aspectos de la destrucción de la economía y de la hambruna en ciernes.

El “galáctico” creía que era inmortal, pero se murió. No se había enfriado su cadáver cuando sus lacayos, remedos de los diadocos de Alejandro Magno, se repartieron el botín. Siguieron con el expolio, el saqueo y la eliminación secreta, la intimidación para acallar voces disidentes. Se arrogaron el derecho exclusivo de poseer la verdad.

A lo macho, a lo goebbeliano, transformaron lo bueno en malo, lo malo en bueno, la verdad en mentira y la mentira en verdad. Tergiversaron la historia y el éxodo masivo fue ridiculizado. El hambre y el sufrimiento fueron disfrazados con frutas plásticas, cajas de comida miserables y perniles podridos, disminuyendo ceros a la moneda y aumentando el sueldo a lo loco. Era la destrucción de la industria y la economía.

La corrupción del poder absoluto ya había comenzado a contagiar al ”líder intergaláctico supremo y falso mesías” recién encumbrado al poder por los votos cuando fracasó en hacerlo por las armas, tal cual como Hitler. Cuando en diciembre de 1999 se produjo el deslave de Vargas (citado en el libro Guinnes como el peor alud de tierra con más víctimas mortales) y él dijo que enfrentaría a la naturaleza misma con tal de llevar a cabo un referendum para ratificar la nueva Constitución Nacional a su medida.

 

La mediocridad se hizo bandera y el retroceso desbocado con el caballo del escudo obligado a correr a la izquierda, hacia atrás, hacia la oscuridad de la noche del medioevo, mientras su costillar se iba dibujando y la cornucopia antes abundante, se iba secando.

 

Venezuela, un Auschwitz gigantesco

Con Nicolás Maduro, el heredero de Chávez, Venezuela fue convertida en un enorme campo de concentración, un Auschwitz gigantesco. Donde millones de seres caminan sin rumbo y, peor aún, sin esperanza. Unos pueden escapar, otros no. El estómago les duele, les reclama con gruñidos salvajes mientras ven con resignación ruinas, mientras ven como todo se cae a su alrededor.

Edificios cancerosos (como decía el cantante), calles con cráteres lunares por donde ya no pasa el transporte público ni autos del año, solo camiones destartalados llevando gente como si fueran cochinos. El hombre o mujer que avanza con las suelas desechas y la ropa transparente de tanto uso, ve con deseo irreprimible uno que otro alimento en las vitrinas; que sabe no puede comprar ni que lleve literalmente una bolsa de billetes.

Las personas avanzan cabizbajas. Antes pesaba 70, 80 o más kilos y ahora solo 35 o menos. Son costales de huesos de pómulos pronunciados que forman pozos profundos como cenotes de donde pronto podría emerger la muerte. Aterrorizado, el ciudadano camina lívido, preocupado, sabe que si lo agarra una simple gripe se muere, pues no hay medicamentos y el gobierno, bien gracias, en el país de Alicia.

El gobierno no acepta ayuda extranjera, solo por contradecir al “imperio galáctico” al que culpa de todos los males, cuando no a un zamuro, a una vaca, un cachicamo o a una iguana, los cuales ya están detenidos en la sede de la policía política por terroristas.

El ser que avanza en su sonámbula caminata, sabe que la candidata a ganar en la competencia por matarle sería el hambre, o la inseguridad reinante que campea y penetra como cáncer las estructuras de los cuerpos de seguridad del Estado. La depresión no cree podría asesinarlo, pues mucho más grandes son sus ganas de luchar por la supervivencia de los suyos, más que por la suya propia.

Transportar comida se convirtió en algo tanto, o más peligroso que traficar con drogas. Tampoco nadie puede recoger plásticos, nadie puede recoger aluminio, so pena de ir a prisión por robar “material estratégico”. Quien proteste o pinte graffitis contra el gobierno, se lo lleva el carro de Drácula, como lo dicen millones de testimonios que no pueden ser desmentidos.

El venezolano común se detiene unos momentos y se da cuenta de algo: está atrapado en un enorme campo de exterminio, siente con escalofríos, está rodeado por el mismísimo y maligno espíritu de Adolfo Hitler.

Esta esencia maligna de ser y actuar, poseyó a algunos hombres y mujeres antes sencillos, ostentosos, iletrados, eruditos, buenos o malvados, para convertirlos en monstruos despiadados lanzados a recoger migajas de poder, potenciando su maldad hasta cotas nunca antes vistas.

Quienes antes eran comerciantes honestos, fueron convertidos en brutales “bachaqueros”, capaces de vender con sobreprecio el pan a su propia madre, de lucrarse con la necesidad ajena, con tal de tener billetes que a fin de cuenta no sirven para nada.

Quienes eran policías o soldados profesionales (con todos sus defectos y virtudes), mudaron la piel para ponerse la de esbirros asesinos o secuestradores, a quienes les importa un cuerno pasar una tanqueta por encima a los manifestantes, pegarle un tiro a algún desgraciado herido, o golpear con su casco en la cara a una mujer indefensa tirada en el piso, para luego reírse de su “hazaña”.

Quienes antes eran policías contenidos por las leyes, ahora atropellaban, daban cachetadas y patadas a quienes les daba la gana. Daban de batazos en las nalgas a quienes agarraran… y ¡hay de las quejas!

Hombres transformados en bestias. Criadores de pollos devenidos en amos de la vida y la muerte, como Heinrich Himmler, amo de las SS de Hitler. Este tipo de “enchufados”, que se enriquecieron con el sufrimiento ajeno, son los mismos SS, SA, Gestapo o Hitlerjugend (cuya maldad creció al punto de ser capaces de vender los dientes de oro, los cabellos y pieles de sus víctimas), tan pervertidos por su Führer Hitler en la revolución nacionalsocialista alemana de los años 30 y 40 del siglo XX.

Por migajas de pan muchos ciudadanos honestos se postraron ante el falso, exigente y chapucero dios del socialismo del siglo XXI. Hubo quienes no vendieron su dignidad y prefirieron ser ”Los miserables”, los oprimidos de la novela de Víctor Hugo o prefirieron escapar mientras había tiempo para ayudar a sus familias desde el exterior. A otros, el comunismo les obligó a sacar lo peor de ellos mismos. Quienes antes jugaban dominó y hacían sancochos juntos luego de hablar de política, ahora eran enemigos encarnizados. Era el todos contra todos a causa de una ideología retrógrada y criminal.

Azuzaron la lucha de clases, al can cerbero contra la población, lavaron cerebros. ”Ser rico es malo”, decía el líder intergaláctico, pero él y los suyos se enriquecieron con los verdes del imperio que tanto decían odiar, pero donde todos deseaban vivir. Mientras ostentaban relojes, carros, ropa, yates, aviones, comidas caras (y todo del imperio), convencieron al pueblo llano que vivir en la miseria era ser un verdadero revolucionario. Llamaron oligarcas a sus víctimas y enemigos para expropiarles todo si podían y cogérselo para ellos en un vulgar robo amparado por las pervertidas leyes.

El espíritu de Hitler llegó a las salas de los tribunales de justicia, paseándose por ellos el espíritu del degenerado juez nazi Roland Freisler, quien escenificaba farsas judiciales para humillar y asesinar a los ”enemigos del estado” en la Alemania nazi. Ahí, en Venezuela, resurgía con tanto odio y venganza, luego de morir en 1945 aplastado en su propio juzgado por el bombardeo aliado mientras que con sus garras apretaba fuerte las carpetas de las condenas de muerte y juicios sumarios.

Hubo ciudadanos que, aunque increíble, todavía creían las mentiras y se rasgaban las vestiduras por el “proceso revolucionario” al estilo cubano. Estos eran los títeres de los “enchufados”, quienes no creían un cuerno en la revolución, su único dios era el dinero y el poder. Pero sus manipulados tenían aun la justificación de ser sinceros en sus creencias aun estando equivocados. Aun pasando penurias, fueron ellos quienes tenían el síndrome de Estocolmo, enamorándose de quienes le condenaban a la miseria más abyecta.

Todo este desmadre ideológico, político, económico que generó la crisis humanitaria y el éxodo masivo más grave de Latinoamérica en las últimas décadas, había sido anunciado muchos años antes. Las familias fueron separadas, hombre, mujeres y niños se lanzaron al mundo en su diáspora, llegando a todos los rincones del mundo.

Como hicieran el desdichado pueblo judío, los venezolanos llegaron a tierras tan lejanas como Malta, Grecia, Italia y toda la cuenca mediterránea. Al norte de Europa, a Asia, Oceanía y Norteamérica. El éxodo por tierras de Sudamérica fue el más dramático. Hubo quienes viajaron miles de kilómetros a pie para llegar a Quito, Lima, Santiago, Buenos Aires, Montevideo, La Asunción o La Paz. Con los pies destrozados, ensangrentados y el alma hecha girones, lo dejaron todo atrás para pasar a tener una familia virtual, de Whatsapp o de otra red social.

Los exiliados se confortaban con la promesa del Dios verdadero mientras lloraban su exilio: ¿No te lo he ordenado yo? ¡se fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el SEÑOR tu Dios estará contigo dondequiera que vayas. Josué 1:9.

Cerca está el día cuando los hijos de la paradisíaca Venezuela celebrarán liberación, el día cuando todos griten ¡Libertaaaad!, ¡libertaaaad! Que retumbará en todos los rincones del orbe y que será la señal de la vuelta a casa. Habrán caído las cadenas como las murallas de Jericó.

 

¡Dame esa bolsa, soy guardia!

Parafraseando al gran Gabo, podría decirse, “se los dije”. Crónica de una muerte anunciada. A finales de los años 90 del siglo XX, el experimentado periodista y cronista deportivo  Edgar Guarenas dijo en su lecho de muerte en Valencia, estado Carabobo: “Ese hombre los va a poner a comer mierda”. Y pasó. No fue fabulado lo de la gente comiendo de la basura porque un pan o una harina costaran millones de bolívares. Ni fabulado fue que se comieran los gatos, los perros, caballos y otros animales domésticos, como si estuvieran en el Leningrado sitiado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Ya el mismo expresidente venezolano Carlos Andrés Pérez, había vaticinado mucho antes de su muerte, lo que se venía encima de los venezolanos con el paracaidista en el poder. El gran periodista y cronista venezolano Oscar Yánez, no solo alertó sobre la gran debacle que se avecinaba, además, se “la cantó” al mismísimo Hugo Chávez en una memorable entrevista televisada. En ese entonces, “el comandante galáctico” lo negó todo con descaro y una mueca que semejaba forzadamente una sonrisa.

Y es que como dijo el periodista peruano Jaime Bayly, “y llegó la noche de las libertades confiscadas”, donde a los críticos se les tachaba de traidores a la patria y a los aduladores de combatientes rodilla en tierra. El mundo bizarro, ¡una vaina loca!

Los adoradores de Stalin, Fidel, Mao Tse Tung, Kim Il-Sung, y de cuanto dictador y genocida había, inventores de irracionalidades tales como las “maticas de acetaminofén”, los gallineros verticales, o el vocabulario “inclusivo” que usa palabras tan eruditas como ”hombres y hombras” (entre otros hits de la genialidad comunista en general y de Maduro en particular), se comieron cuatro o seis veces los millones del Plan Marshall, con el cual se recuperó Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

Escenas dolorosas, historias particulares sucediendo todos los días y que no pueden negarse. Todo queda documentado para la posteridad en videos, fotos y declaraciones de sus protagonistas. Era evidente que el pueblo estaba viendo sometido por hambre y que situaciones absurdas como declararle la guerra al mar o nombrar a un caballo senador de Roma, no era historia antigua, incluso eran superadas en lo ridículo y bizarro.

¿Quién no ha visto la riada de seres desesperados cruzando el puente internacional “Simón Bolívar” para escapar de la tragedia hacia Colombia? ¿Quién no ha visto cómo guardias envanecidos, corrompidos y despiadados arrancan de las manos las bolsas de comida que algunos han logrado comprar en Cúcuta y que regresaban a sus hogares con la mercadería para sus familias?

Hubo episodios donde los curtidos soldados colombianos, con lágrimas en los ojos tenían que ver como al otro lado, a unos pocos pasos, los venezolanos, sus hermanos, eran vapuleados y humillados por sus propios compatriotas disfrazados de verde oliva. ¡Dame esa bolsa, soy GNB!

Degeneración del ejército libertador

El ejército venezolano, heredero de la gloria de Bolívar, fue disminuido hasta convertirlo en una fantochada. Vendedores de papas, abusadores, ricachones con medallas. Lo que fuera un ejército profesional, fue convertido en una tropa hambrienta dirigida por perfumados nerones con la voracidad y vanidad del Reichmarshall Goering.

Hasta a un alcalde de Valencia, de apellido Parra, le otorgaron la Cruz Blindada, en la 41 brigada de tanques. La gente de a pie se preguntaba a modo de chiste amargo: ¿cuántas batallas ha ganado? Para luego enterarse que cayó en desgracia por ser presuntamente uno de los más grandes ladrones entre los ladrones.

Viejitas, viejitos, panzones cerveceros y niños con fusiles tomados al revés, barcazas de pescadores y que para enfrentar los portaaviones del imperio. El hazmerreir del mundo.  Todo supervisado por malignos paramilitares llamados  “colectivos”. Estos “colectivos”, el sucedáneo  de los SA, o camisas pardas nazis. Mientras que los ancianos y niños armados, recuerdan a los mismos que armó Hitler con los Panzerfaust o puños de hierro antitanque para que le defendieran cuando estaba a punto de caer Berlín en 1945.

20 años de protestas

Pasaron 20 años desde que Chávez llegó al poder y el mismo tiempo de protestas espciadas pero intensas. La protesta más larga que la humanidad haya visto. El pueblo venezolano nunca se dejó convencer del todo por el malvado Socialismo del Siglo XXI como el pueblo cubano, que fue subyugado por más de 60 años.

A fines de 2018, con la llegada del nuevo presidente de la opositora Asamblea Nacional, llegó el nuevo impulso. La gente hastiada, ya no buscaba un mesías que resolviera todo. Reconociendo que el único Mesías es Jesús y que Juan Guaidó era solo un líder y éste, reconociendo la primacía del Todopoderoso, se juramentó como presidente interino de Venezuela para detener el maligno régimen de terror del Socialismo del Siglo XXI.  Guaidó no era David que se enfrentaba a Goliat, él sabía que todos los venezolanos eran David y que en nombre de Dios, derribarían al coloso con pies de barro.

Por tener el apoyo internacional, el régimen no se atrevió a apresarle. Pero fue tildado de “muchacho estúpido”. Lo que no creyeron, fue que había llegado el principio del fin y que “esos muchachos estúpidos”, ayudarían a darles la lección de su vida.

Durante las protestas generalizadas que explotaban en el país, los jóvenes siempre habían llevado el mayor peso. Es en su mayoría, su sangre la que ha sido derramada. Ahora, era un tanto diferente. Gentes de todas las edades salían a las calles para enfrentarse al espíritu de Hitler.

Muchas naciones dieron su apoyo al valeroso joven Juan Guaidó y Venezuela ahora tenía dos presidentes. Era la lucha de la luz contra la oscuridad. Los muchachos volvieron a juntar sus escudos de madera, a pintar sus caras con el tricolor nacional, para enfrentarse de nuevo contra los indignos que los atacaban con tanquetas, gases y balas.

El grito de libertad fue más fuerte esta vez. La misión era desactivar el arma de destrucción masiva y expulsar para siempre el espíritu de Hitler de la Tierra de Gracia. El régimen rugió, anunciando hecatombes para ofrecer sacrificios al “comandante galáctico”, buscando que este lo salvara.

La jornada de los últimos días sería épica, ríos de gente, fluyendo como el Jordán, como el Rubicón. Tanto como los manifestantes, irónicamente los migrantes, serían sin proponérselo, parte importante de la caída del nefasto socialismo, al impactar directamente en los países del mundo y obligarlos a reaccionar por verse afectados.

Dios y la pared de Belsasar

Pero los venezolanos, esperanzados de que Dios al fin “escribirá en la pared del tirano”, como una vez lo hizo con el rey de Babilonia  Belsasar. Nieto de Nabuconodosor cuando daba una fiesta y se atrevió a beber en los vasos sagrados rapiñados del templo de Jerusalén. Y Daniel dijo:  Y esta es la escritura que se inscribió: MENÉ, MENÉ, TEQUEL y PARSÍN. Esta es la interpretación de la palabra: MENÉ: Dios ha numerado los días de tu reino y lo ha terminado. TEQUEL: has sido pesado en la balanza y has sido hallado deficiente. PARSÍN: tu reino ha sido dividido y dado a los medos y los persas. Daniel 5:1-31.

Una vez más, el espíritu de Hitler tenía su caída. Como en abril de 1945, se replegó a su bunker, pidiendo destrucción y muerte una vez más contra los “mal agradecidos venezolanos que no merecían vivir por negarse a ver la genialidad de Chávez”. Una vez más, las fuerzas del bien derrotaron a la barbarie para dar paso a un futuro mejor, para dar paso a una sociedad más justa, menos violenta, que con los recursos de la tierra, levantaría ciudades grandiosas que serían la admiración de todos los pueblos del mundo.

Renacía la nueva Venezuela. Millones de expatriados volvieron a casa para fundirse en un abrazo con los familiares que antes dejaron atrás. Otros se quedarían en el extranjero para ayudar desde afuera y otros sencillamente nunca más regresarían, pero su alma estaría contenta con que su país fuera libre nuevamente. Millones de seres cantando, millones de gaviotas regresando a sus cálidas costas soleadas, mientras el mar Caribe lo celebraba, así como el salto Ángel, y el pico Bolívar, el imponente Orinoco, los llanos y toda la geografía para la Gloria del único Dios verdadero. ”y si un día tengo que naufragar, y el tifón rompe mis velas, enterad mi cuerpo cerca del mar, en Venezuela”

Cayeron las cadenas del malvado Socialismo del Siglo XXI, de la idolatría, de la maldad sembrada por Chávez y sus secuaces y renacería la esperanza en Dios al atronador grito de ¡Libertaddddd!